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Y sin embargo, nos están ganando la batalla. Las discusiones que se oyen o se leen estos días entre los partidarios de las corridas de toros y los antitaurinos son estériles de puro mal planteadas. Y el asunto estrella que aflora –obviando el verdadero trasfondo político de odio a lo español-, es el del sufrimiento y la dignidad animal. Así lo mejor será empezar por el principio. El toro bravo no tiene dignidad. La dignidad es un atributo humano. Puede tenerse respeto hacia el toro, miedo del toro, convertir en digno a un toro, pero el toro, por sí mismo, como categoría, no tiene dignidad. El ser humano, sin embargo, sí que tiene dignidad porque al tener conciencia de sí mismo (esto es: de reconocerse como ser humano aún sin saberse tal, más allá de los puros instintos vitales) configura una relación con sus semejantes en el que sentimientos como el amor, el miedo, la vergüenza, el pudor o la indefensión sí que tienen razón de ser para él. La dignidad es un sentimiento, un concepto logrado por el camino de la racionalidad, en ningún caso un sensación. Que durante la lidia el toro no sufre dolor físico como lo sufrimos los humanos, es algo que han demostrado fisiológicamente los veterinarios que han estudiado el comportamiento enzimático del su organismo durante la lidia. Sienten el castigo (consecuencia de su sistema nervioso central), pero la medida del dolor se ha establecido con principios científicos y es muy discutible. Sin embargo, ¿tiene vergüenza o pudor un toro por salir desnudo a la plaza? ¿Se siente poco digno el líder destronado de la manada cuando en una pelea con uno de sus hermanos en el campo (muy digno todo) el resto se acerca por detrás y lo cose a cornadas en cuanto ven que flaquea? Nuestro comportamiento como seres humanos ha configurado una actitud hacia los animales de respeto. Nuestro país –al igual que muchos otros-, tiene legislación al respecto: por ejemplo, la famosa ley canaria de protección de animales domésticos tan manipulada últimamente. Esto ha dado pie a muchos a otorgar a los animales atributos que no tienen. Convertirlos, en definitiva, en seres humanos con forma animal. Y eso, se impregna en la sociedad actual, que niega la muerte, que teme el dolor y condena el esfuerzo. Lo que hace que sea muy fácil convencer a una sociedad con argumentos tan simples como que el toro, o cualquier animal, tiene dignidad y que las corridas de toros hay que prohibirlas porque sufre el toro. Cuando alguien protesta, vienen y dicen que en algunas culturas hay animales sagrados. Cierto, y además, ese grado de sacralización y divinidad que alcanzan algunos animales en determinadas culturas, tiene que ver también con la dignidad. Sin embargo el respeto que se les tiene, no es por dignidad del animal individual ni de la especie animal como categoría de la fauna, sino por la fe humana que sobre ellos se posa, es decir, por un comportamiento religioso, no científico. Justo lo contrario que les ocurre a los defensores de la dignidad animal con las corridas de toros, que nos cuentan siempre causas racionales y científicas de sufrimiento discutible y dignidad inexistente para prohibir las corridas. ¿Con qué argumentos estamos respondiendo los aficionados taurinos al argumento de que el toro es un animal racional que tiene dignidad o de su sufrimiento? La discusión que desde que existen los toros como espectáculo se ha producido entre aficionados y contrarios a las corridas de toros, ha alcanzado unos límites de racionalidad –sí, sí racionalidad en el sentido de cientifismo argumental-, en la que es imposible que dos posturas tan antitéticas se encuentren. El error que estamos cometiendo los defensores de las corridas de toros, es el de tratar de responder a los argumentos de los antitaurinos. Los aficionados hemos sido llevados a la parte del huerto donde no queríamos ir, y estamos rebatiendo punto por punto los apriorismos de unos pocos. Y no sirve de nada, porque no están dispuestos a escucharnos. Y al final, ocurre lo que con la estratagema 28 del “Arte de tener razón” de Schopenhauer: que nos han dado anzuelos para picar que producen risa en un auditorio generalmente ignorante y estamos retrotrayéndonos a los principios de la ciencia para explicarlo. Entre otras cosas, porque los aficionados somos así de pedantes y nos gusta demostrar lo mucho que sabemos. Creo que el debate al que estamos sometidos, no pasa ni por invitar a los antitaurinos a la dehesa para ver lo bien que vive el toro ni en echar las cuentas de lo que costaría su desaparición en millones de euros. A nivel de calle, la respuesta es tan simple como decir: Me gustan las corridas de toros, como a ti te gusta pasar una tarde viendo Sálvame, ¿algún problema? POR PABLO HERNANZ |